Henri Hude

La alegria del amor nos interpela

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Mise à jour le Mercredi, 06 Juillet 2016 18:20 Écrit par Henri Hude

Voici la traduction espagnole d'un autre texte que j'ai écrit sur Amoris Laetitia, publié dans Humanitas, qui compte une édition anglaise et une édition espagnole, basée à Santiago de Chile. Encore une fois, je recommande chaleureusement cette excellente revue, dont j'ai l'honneur d'être membre. Vous pouvez la recommander à vos amis anglophones et hispanophones. 

 

Reflexiones sobre la Exhortación Apostólica del Papa Francisco

 

“La alegría del amor” nos interpela

 

 

         Hace casi cuarenta años, la elección de Karol Wojtyla fue, para los así llamados “católicos de izquierda”, un impacto desestabilizador. Siendo polaco, Juan Pablo II tenía la experiencia del “socialismo real”. No se dejaba impresionar por el prestigio de las corrientes ideológicas de inclinación marxista, tendencia en aquel entonces hiperdominante en Occidente. Y el comunismo desapareció. Aquello fue ocasión para una gran clarificación: ciertos católicos marxistas dejaron de decirse católicos, pero los católicos sinceros de cultura marxista siguieron siendo católicos, y ese Papa los llevó a profundizar en su fe y en su pensamiento político.

 

Hoy, con posterioridad a la elección de Jorge Mario Bergoglio, ocurre un fenómeno análogo. Siendo argentino, Francisco tiene la experiencia del “liberalismo real”. No se deja impresionar por lo políticamente correcto ni por la ideología hoy de moda (individualista, relativista, libertaria, etc.); al contrario, pues visualiza todas sus aplicaciones, incluso en los ámbitos del dinero y el poder, y no sólo de la destrucción de la familia.

 

Ante este Papa popular, son ahora muchos “católicos conservadores” quienes se desestabilizan. Y como antes con los católicos de izquierda, se requiere de una clarificación. Se vive un combate espiritual en el alma de cada uno. Todavía no conocemos su desenlace. Hay quienes tal vez perderán la fe en Roma; pero muchos –esperemos- se plantearán de mejor manera las interrogantes sobre justicia económica y política. Profundizarán y purificarán su amor al orden y su respeto por la verdad, que constituyen valores fundamentales. 

 

Así como Juan Pablo II lanzó su evangelización sin sumisión alguna a la ideología marxista, cuyo fin presentía, del mismo modo Francisco concibe su evangelización en un mundo en el cual la ideología liberal probablemente va a desaparecer; no la libertad de emprender ni la propiedad privada ni la libertad de reflexionar, ciertamente, […] sino esa ideología que aparta al individuo del bien común y a la libertad del bien que debe ser su norma, y que por consiguiente subordina al Hombre al dinero, sometiendo el trabajo y la economía a los fondos acumulados. Precisamente en eso es profético el Papa. Profecía, como veremos, muy razonable.

 

Francisco se horroriza ante la subordinación inicua del Hombre al dinero, y del trabajo y la economía a los fondos centralizados por una aristocracia del dinero.  Ahí también van a producirse una selección y una profundización, porque muchos católicos conservadores, que luchan contra el liberalismo ideológico, tomando posición, por ejemplo, contra el matrimonio homosexual, no se dan cuenta de que toda una parte de ellos mismos es solidaria con esta misma ideología. Precisamente esta incoherencia debilita su credibilidad y condena al fracaso la evangelización. Así, aquellos conservadores sinceramente católicos que logren escuchar al Papa profundizarán en su pensamiento y se darán cuenta de que sólo veían una parte (de dos o tres) del problema libertario [[1]] y si logran tomarlas todas en cuenta, su testimonio ganará mucho en credibilidad.

 

  

La evangelización de los pueblos por Francisco

 

Francisco ha logrado conquistar en poco tiempo el corazón de la inmensa mayoría del pueblo en todas las naciones. Es un hecho. ¿Por qué motivo? Porque los pueblos, por instinto, aman a Cristo; también porque Francisco ha analizado perfectamente aquello que separaba a todo ese pueblo de la Iglesia, y por último porque las circunstancias han vuelto a ser muy favorables: 1°, la desaparición del comunismo; 2°, el descrédito del liberalismo; y 3° la deriva fanática en el Islam, crean las condiciones para una reevangelización masiva de los pueblos descristianizados, pero también para una expansión sin precedentes del cristianismo en los espacios musulmanes.

 

Pero es preciso, además, que a Francisco lo comprenda y lo siga lo que puede llamarse la élite católica [[2]], especialmente en los países occidentales. Por este motivo, llama la atención el esfuerzo de los grandes medios de comunicación masiva que apunta a crear en esta élite católica desconfianza en relación al Papa. Se trata, por una parte, de obstaculizar el camino para que esta élite se ponga al servicio de los pueblos, mientras, en otro plano, esos mismos medios realizan un permanente acoso, procurando desacreditar a la Iglesia entre las masas. Tengamos claro que el hecho de que las élites católicas se pongan al servicio de los pueblos en las democracias y en las economías, es la primera condición para la credibilidad moral de la evangelización y, también, para la reforma indispensable en dichos países occidentales, europeos y americanos.

 

¡Eso no significa resucitar el comunismo! Eso significa que es preciso poder ganarse la vida antes de poder formar una familia. El himno a la familia, en el Salmo 128, 1-6, comentado por Francisco, habla de trabajo antes de hablar de cónyuge e hijos. “Del trabajo de tus manos comerás” (Amoris laetitia, n. 8). Aplicación práctica: “(…) la desocupación y la precariedad laboral se transforman en sufrimiento (…). Es lo que la sociedad está viviendo trágicamente en muchos países”. El desempleo afecta de diferentes maneras a la ”serenidad de las familias” (A.L., n. 25).

 

“Trágicamente”. Es verdad. Es preciso abrirse a reconocerlo, dejarse conmover y proceder en consecuencia. La presentación del mensaje de Cristo sobre el matrimonio adquiere su credibilidad cuando va acompañada de una acción generosa y convincente en favor de esa “existencia serena” de la pareja y de la familia desde el punto de vista de la economía. Además, esta presentación debe hacerse en un ambiente de misericordia, fraternidad y alegre humildad, con comprensión de las dificultades de vidas aplastadas por esos condicionamientos, con una mirada positiva y de admiración por aquello que, a pesar de todo, sigue siendo bello en tantas existencias mutiladas por la barbarie libertaria. Ciertamente hay pecado y responsabilidad personal, pero ante los ojos de Cristo, todos somos “mujeres adúlteras” (Jn 8, 1-11) y no nos salvamos por nuestros méritos.

 

Por estos motivos, ¿cuál sería hoy el mayor obstáculo para la evangelización? Élites católicas cegadas por prejuicios de clase, que desprecian la enseñanza de Francisco y cuyo compromiso político se reduciría a “arrojar piedras” moralizadoras a los pueblos sobre aquello que constituye su sufrimiento y su esclavitud [[3]].

 

 

La élite católica está para servir

 

En línea con la opción preferencial por los pobres, la élite católica debe ponerse, en consecuencia, en defensa de los intereses democráticos y económicos de las clases populares, rompiendo con los viejos reflejos de la época del comunismo, provenientes de la guerra fría. Eso se inscribe por lo demás en un esfuerzo de renovación cultural y democrática sin precedentes, que compete a todos los ciudadanos, independientemente de cuál sea su religión. Y eso requiere además un trabajo económico, legislativo y fiscal inmenso, que únicamente una élite es capaz de emprender. Semejante compromiso y semejante trabajo deben necesariamente acompañar a la evangelización.

 

En esta situación, decepciona ver a tantos jóvenes católicos, justamente preocupados por el compromiso político, militando por la familia y la vida de manera demasiado abstracta, sin preocupación suficiente por las condiciones de vida cada vez más precarias de un pueblo que ya no tiene porvenir económico.

 

La defensa de la vida (A.L., n. 83) es probablemente, de todos los temas de gran interés (y con razón) para los católicos, aquel en el cual peor se las arreglan.  Hay que entender esto bien. Muchos esfuerzos individuales son admirables. Desgraciadamente, nunca podrán llegar a un cambio estructural mientras no se sitúen en una acción política interpartidista más audaz y más amplia. Sin este apoyo, el enfoque resulta ser demasiado parcial, demasiado estrecho.

 

Entre las preguntas que se olvida hacer cuando se habla de ética familiar, no temamos repetir éstas: ¿cómo se puede formar una familia cuando no es posible pagar un arriendo y el joven está obligado a permanecer con sus padres (“La falta de una vivienda digna o adecuada” (A.L., n. 44)? ¿Cómo se puede alimentar hijos cuando no se tiene trabajo [[4]]? ¿Cómo estar ampliamente abierto a la vida cuando se sabe que nunca uno podrá comprar más de 50 metros cuadrados? Y tal vez ni siquiera eso.

 

Un sistema económico en que el trabajo no permite educar a una familia es profundamente inmoral. Y predicar sobre la familia a los pobres en esas condiciones, sin hacer al mismo tiempo algo para remediar injusticias que claman al Cielo, es una hipocresía. Quienes instalan ese sistema de injusticia económica cargan con gran parte del pecado de aborto. No se trata de buscar la utopía ni de pedir a la gente lo imposible, ni de culpabilizar a los jefes de empresa, ni de impulsar a cada uno a mezclarse en todo, sino de que cada uno haga algo, por poco que sea, y una oración para sostener un verdadero cambio.

 

El día en que el liberalismo se hunda como el comunismo, ¿volverá entonces la humanidad herida a la Iglesia? Sí, sin duda, pero únicamente si la Iglesia sabe acoger con misericordia, ya que esos futuros neófitos, ellos y ellas, se habrán divorciado varias veces, serán homosexuales, habrán sido criados por padres solos o parejas reconstituidas, habrán sido heridos por todo tipo de vicios. Pero la Iglesia está para acoger, integrar y sanar a los hijos de Dios, por muy en mal estado que se encuentren. ¿Cómo prepararse para este gran retorno que ya se vive? ¿Cómo manejar en toda su duración esta situación inédita? ¿Cómo hacer que este retorno a la vida no sea una nueva puesta en orden autoritaria? Éstas son las preguntas que parecen encontrarse en el horizonte de la exhortación del Papa.

 

¿Cómo no comprender, en esas condiciones, el efecto principal buscado por el Santo Padre mediante la inflexión de la pastoral de la Iglesia? Él no nos dice: vamos a cambiar la doctrina, ni nada semejante. Nos dice: no sigan ustedes en absoluto comportándose como fariseos. No se trata de un asunto vinculado con la opinión política contingente. Rebasa incluso, infinitamente, una serie de interrogantes de teología moral (que ciertamente merecen ser abordadas). Por todo lo cual resulta ser una cuestión de vida o muerte.

 

                                                           HENRI HUDE    

 

                                               Miembro del Consejo de Humanitas

 

 

 

 



[1]El libertarismo del dinero es la enloquecida economía financiera que tenemos a la vista, la cual desprecia el valor del trabajo humano. El libertarismo del poder es la manipulación, la propaganda y la violencia.

[2] BREVE NOTA SOBRE LA ÉLITE. En toda sociedad humana hay siempre una élite, es decir, grupos dirigentes o influyentes, que orientan la política, la economía o la cultura. También hay, en estos grupos o fuera de ellos, individuos dotados de una excelencia o poder especial, de orden espiritual o de otro carácter. Incluso en una sociedad con un ideal igualitario hay una élite igualitaria. El igualitarismo hace bajar el nivel general y favorece la desigualdad. La igualdad real consiste en esto: que la elite sea al mismo tiempo abierta y esté en actitud de servicio. Por lo tanto, los discursos antielitistas son al mismo tiempo justificados (si la élite es una casta cerrada en sí misma y en primer lugar al servicio de sí misma) e improcedentes (si se culpabiliza el hecho mismo de que haya una o varias élites). Lo anterior sigue siendo verdad si se logra elevar en gran medida, el nivel general de un pueblo, lo cual es deseable. Por ser la humildad una virtud, la élite debe estar dotada de la misma. Ser parte de la élite no justifica entonces mirar al prójimo con aire de superioridad. Si la élite carece de humildad, no es justa y se hace detestar. La humildad no consiste en no ver las propias cualidades ni en sentirse culpable de poseerlas, es decir, de haberlas recibido. Todo esto es válido a fortiori para la sociedad que es la Iglesia. La verdadera élite es la de la santidad y ella relativiza las jerarquías institucionales legítimas sin destruirlas, lo que también puede tener lugar sobre la base de valores simplemente humanos.

 

[3] “Esta misma raíz del amor, en todo caso, es lo que me lleva a rechazar la injusticia de que algunos tengan demasiado y otros no tengan nada; o lo que me mueve a buscar que también los descartables de la sociedad puedan vivir un poco de alegría. Pero eso no es envidia, sino deseos de equidad” (A.L., n. 96).

 

[4] “Es lo que la sociedad está viviendo trágicamente en muchos países, y esta ausencia de fuentes de trabajo afecta de diferentes maneras a la serenidad de las familias (A.L., n. 25)”. Se trata de “crear las condiciones legislativas y laborales para garantizar el futuro de los jóvenes y ayudarlos a realizar su proyecto de formar una familia (A.L., n. 43)”.

 

 

On Love and Joy: a Reflection

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Mise à jour le Mercredi, 06 Juillet 2016 18:01 Écrit par Henri Hude

Voici la traduction anglaise d'un texte que j'ai écrit sur Amoris Laetitia, publié dans Humanitas, qui compte une version anglaise et une version hispanique, celle-ci publiée à Santiago de Chile. Je recommande chaudement cette revue, dont j'ai l'honneur d'être membre. Vous pouvez la recommander à vos amis anglophones et hispanophones. 

 

 

ON LOVE AND JOY: A REFLECTION

 

Taking a distance without rushing into its application to particular cases

 

Starting by chapter 8, the most controversial one of the apostolic exhortation, dealing with the situations of the crisis in couples, is not the best way to approach it. This would be as if looking at a landscape by the wrong end of the binoculars.

 

The Pope is realistically aware -once again- of the likely narrow interpretations the text may be given and foresees the difficult reception it may have. However, he is not prejudiced against those who might not welcome his views in the matter. Probably some will fail to grasp his insights or appreciate the direction this new impulse he is giving to the Church. Thus he remarks, “I understand those who prefer a more rigorous pastoral care which leaves no room for confusion” (n. 308). Yet, he requests Catholics to trust him follow him in his views.

 

Being a Catholic is somehow like flying on a plane

 

You have to trust the pilot, in this case the Pope. We are not bound to believe him infallible at all times, in fact most of the time we must believe otherwise. However, if you believe that Christ does not cease to lead His Church, never stops pouring forth His Holy Spirit and that He will never leave Her to its own fate, then you must trust, respect and thank Her for her teachings and guidance, even when you may find them difficult to take in. We should rejoice in such difficulties, which are but signals of a favorable personal crisis which will serve for our own growth.

 

Unless we do so, we run the risk of getting tangled in the controversy. We need to take a step back so as to look at this remarkable text with some perspective, which deserves a heartfelt attention and a sincere high-mindedness.

 

 

A Thomistic text

 

From the point of view of the practical philosophy (where my training, competence and perspective lie), I clearly note an Aristotelian or Thomistic orientation in this text, as in the overall thought of the Holy Father. The name of Thomas Aquinas is repeated five times throughout the document and no less than 10 texts by him are referred to, along with a book about love by Father Sertillanges, O.P., a Thomist theologian, which is also quoted (note 139).

 

In times when Thomism (what the mass media would call ‘conservative’) is making a significant return, Francisco’s magisterium has been denounced -by some more papist than the Pope himself- and equated to the progressives’ attainments after Vatican II. Undoubtedly the situation is complex and paradoxical since the preconceived notions are not enough to understand what Francis wants to say. We just need to follow a concrete intuition which does not stick to the current categories.

 

The concept of happiness (e.g. n. 149), focused on joy, and the virtue of prudence (especially in ch.8) pervade his moral thought. These two virtues stand along with the notion of friendship that underlies the definition of love (n. 120) and of conjugal love (n. 123). These fundamental notions of practical wisdom are reexamined here with a renewed perspective of the faith.

 

The reference to St. Thomas then, is neither casual nor tactical, but genuine and substantial since his definition of happiness ‘the enlargement of the heart’ (n. 126) is adopted in the exhortation. Naturally, the notion of law is also present -though subordinated. The conscience is not regarded here in its relationship with the law as a universal principle, but in connection with prudence (or lack of it) in one’s actions. The natural law, as referred to here (n. 305), hinges on the “heart” as conveyed in the Epistle to the Romans, 2, 15 (n. 222). This law is not a purely rational legislation which sets obligations a priori (as opposed to the rationalistic and Kantian or Jansenist conception of the law), but “a source of objective inspiration” for Man as a decision maker.

 

 

A moral of joy and a spirituality of cheerfulness - Both natural and supernatural

 

Francisco’s thought on matters of moral theology pertain to what I would call a very natural supernatural eudaemonism (from Greek eudaimonia = happiness). Joy is viewed as happiness. The term “joy” is repeated over 55 times along the text, so a good way to understand this exhortation would be by identifying the diverse senses and coherence in the use of this word. Basically, it refers to the joy of loving, which for the largest majority of humans is first experienced in the family. Disgrace, conversely, results from emotional disappointments and difficulties within the family, either in the couple or between parents and children.

 

This eudaemonism is supernatural as we all know from our personal experience how difficult it is to love, especially in the family, and therefore to be happy. Such difficulty has got deep roots and entails a sort of illness, worse than physical or mental ailment; this disease is called original sin (cf. The name of God is mercy). The path to happiness is not an easy one; it often gets mixed up with the therapeutic (salvation) or liberation  (redemption) ones in search for the cure of this disease. Christ is the doctor. The Church is the field hospital (n. 291). The remedy is called cross. The cure is called resurrection.

 

This eudemonism is also quite natural, it is about bringing joy to everyday life and to those around us. Evangelization is nothing but this effort to make joy alive so as to live accordingly in this time and later on in eternity. Christ’s religion brings joy, even in the midst of sorrow and hardships, what makes it a religion authentic and alive, hence we call it the good news; “evangelium” in Greek.  

 

The joy of loving within the family is the prolongation of the joy of the Gospel. The essence of Christian life and its goal are identical: the joy of loving. This is the sign of the life in the Spirit hence the evangelization is nothing but to make others aspiring to the fullness of Christ’s joy.

 

The Pope's insistence on mercy is then easily understood: without mercy, we turn dry, hard and sad. It is only by his mercy that we may take up the cross fully -without which Christianity is not such- without traumatizing or making us flee from pain.

 

 

All this exemplified in a especially enlightening quote

 

Number 317 may be seen as the culmination of the text: “If a family is centred on Christ, he will unify and illumine its entire life. Moments of pain and difficulty will be experienced in union with the Lord’s cross, and his closeness will make it possible to surmount them. In the darkest hours of a family’s life, union with Jesus in his abandonment can help avoid a breakup. Gradually, «with the grace of the Holy Spirit, [the spouses] grow in holiness through married life, also by sharing in the mystery of Christ’s cross, which transforms difficulties and sufferings into an offering of love”. Moreover, moments of joy, relaxation, celebration, and even sexuality can be experienced as a sharing in the full life of the resurrection. Married couples shape with different daily gestures a “God-enlightened space in which to experience the hidden presence of the risen Lord.”

 

 

     HENRI HUDE 

                                                                 Member of the HUMANITAS Board

 


DESTAQUES.

 

1.      If you believe that Christ does not cease to lead His Church, never stops pouring forth His Holy Spirit and that He will never leave Her to its own fate.

 

2.      I clearly note an Aristotelian or Thomistic orientation in this text… The name of Thomas Aquinas is repeated five times throughout the document and no less than 10 texts by him are referred to.

 

3.      The Pope's insistence on mercy is easily understood: without mercy, we turn dry, hard and sad. It is only by his mercy that we may take up the cross fully without traumatizing or making us flee from pain.

   

Après le Brexit. Le présent et l'avenir de l'Europe en dix points.

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Mise à jour le Mardi, 05 Juillet 2016 06:13 Écrit par Henri Hude



Le vote sur le Brexit est l’un des évènements historiques les plus importants depuis l’effondrement du mur de Berlin. Il convient d’en mesurer d’ores et déjà la portée et toute la signification. Il détruit le statu quo européen, il nous fait nous poser les questions qu’on évite depuis longtemps sur la construction européenne, et fait entrer notre continent dans une nouvelle période risquée et inconnue. Essayons de penser sur ce sujet avec une parfaite honnêteté intellectuelle.

Article écrit par Henri Hude & Co. 

 

 

 

Premièrement, il convient de se demander si le mandat donné par le peuple britannique sera appliqué ou non. Certes, l’avantage du camp Brexit dans le vote n’est pas énorme, mais il est supérieur par exemple au résultat du oui au traité de Maastricht en France (51%). Ce mandat sera-t-il dilué dans une manœuvre parlementaire comme l’a été le non au traité constitutionnel en France en 2005 ? La classe dirigeante britannique trouvera-t-elle toutes les bonnes raisons de ne pas faire jouer l’article 50 ? Les pouvoirs européens oseront ils s’affranchir une nouvelle fois de la volonté populaire et traiter le peuple anglais comme ils ont traité les Grecs l’année dernière ?

Cette question nous montre le véritable enjeu de la construction européenne, enjeu que la campagne du Brexit / Remain n’a pas guère abordé : les nations européennes veulent elles, oui ou non, conserver la démocratie ? Car on admet que la démocratie directe soit filtrée par la démocratie représentative. Pourtant, si ce qu’on appelle une démocratie représentative est telle qu’elle soit en tout en contradiction avec ce que seraient les décisions d’une démocratie directe, il n’y a plus aucune raison pour parler de démocratie représentative, ni donc de démocratie tout court. La démocratie existe en Europe dans le cadre des nations, et aujourd’hui uniquement dans le cadre des nations. Le Parlement européen a très peu de réel pouvoir ; et en aurait-il davantage, il s’agit d’une institution de démocratie extrêmement indirecte et qui a souvent participé au court-circuitage des volontés populaires non conformes à celle de certaines élites. Certes, on peut envisager qu’à long terme se construise une nation européenne, avec un seul peuple (démos), une culture plus homogène, un même sentiment national et des institutions démocratiques. Mais aujourd’hui, il n’y a pas de démocratie possible en Europe, car il n’existe pas de peuple européen, et c’est encore vrai pour plusieurs générations. Entre temps, l’Union européenne sera pendant soixante dix ou cent ans la chose de ses dirigeants, qui par ailleurs peuvent très bien avoir de bonnes intentions. Est-il raisonnable, aujourd’hui, au nom de la raison, d’abolir la démocratie ? Telle est la question. Elle n’est pas sortir ou non de l’Union européenne ; il s’agit de sortir ou non de la démocratie. Faut-il considérer que l’Homme européen a besoin d’un nouveau régime, celui d’un despotisme éclairé et doux ?

L’Europe, comme on le dit à raison, est diverse et compte des dizaines de peuples qui ont tous des intérêts et des cultures diverses. La démocratie requiert la souveraineté. Pour dire les choses simplement, un peuple qui n’est pas souverain n’est pas une démocratie. Les gens peuvent y avoir des droits et vivre heureux, sans craindre pour la sécurité de leurs personnes ou de leurs biens, mais ils ne sont plus citoyens. Ils sont sujets. Ils obéissent à des lois faites par une autorité à laquelle ils ne participent pas, et obéissent à des dirigeants qui ne sont pas responsables devant eux. Les Français ont été sujets de leurs rois pendant huit siècles. N’oublions pas que tant que tout va bien en Europe, il est facile de parler d’harmonie et d’intérêts communs. Mais en temps de crise financière et économique violente, les intérêts des peuples européens seront aussi contradictoires que ceux de créanciers et de débiteurs, il n’y aura plus d’intérêt commun, mais l’intérêt des plus forts.

Ainsi, mutualiser les souverainetés nationales, c’est déconstruire les démocraties nationales, au profit d’un pouvoir étatique européen dont il est illusoire et / ou mensonger de penser qu’il pourra être démocratique avant plusieurs générations. En comparaison, toute considération économique ou financière est secondaire.

La construction européenne arrive donc à ce moment que la République romaine a connu à l’époque de César. Elle comprend que pour agréger des peuples et des cultures si différents, un régime de libertés civiques n’est pas suffisant, et qu’il faut un pouvoir beaucoup plus fort et centralisateur. César fut l’homme qui sacrifia la République (aristocratique) romaine pour assurer l’Empire. Car par sa taille, l’Union européenne a une dimension impériale. Or, un Empire ne tient que s’il est capable (i) de répondre à la demande économique, sécuritaire et culturelle des peuples auxquels il prend leur liberté politique, (ii) de combattre ces forces centrifuges que sont les souverainetés et traditions nationales. Ainsi, aujourd’hui, si Bruxelles veut démontrer sa capacité à construire une union politique, elle doit démontrer sa capacité à (i) générer une grande prospérité et des emplois riches pour tous les Européens qu’elle privera de leurs droits démocratiques, tout en étant capable (ii) de briser les volontés d’indépendance nationale.

Quant à l’idée selon laquelle on va demain démocratiser l’Union, tout en étant résolu à continuer à compter pour nulles et non avenues les expressions démocratiques des peuples, c’est une vaine idée. L’exemple du referendum grec de l’année dernière montre comment à la première tension grave, il est difficile de concilier démocratie et unité européenne, et montre aussi quel est le choix des autorités européennes quand la question se pose.

Et si l’Union, tout en privant les peuples de leurs droits démocratiques effectifs, se montre incapable de démontrer son utilité économique et de remplir son rôle de sécurité, alors l’union politique n’a aucun avenir autre que la dictature.

Quel est l’avenir de l’Union européenne dans sa forme politique ? La réponse à cette question dépend de la réponse aux questions précédentes. Bien entendu, l’Europe peut s’en tenir au marché commun envisagé au début, et se limiter à une alliance entre démocraties souveraines qui mettent en commun leur poids en négociant ensemble face aux grandes puissances. Mais cette version économique de l’Europe n’est clairement pas le chemin que suivent les pouvoirs européens.

 

 

 

Deuxièmement, le Brexit est une déclaration d’indépendance de la Grande-Bretagne par rapport à Washington. Londres était le plus ancien, naturel, solide et fidèle allié de Washington en Europe. Washington se l’est aliéné. Conséquences ? Washington, on le sait, a les moyens militaires de tout faire tout seul, mais n’a pas une liberté d’action politique complète. Il ne peut rien entreprendre sans l’appui diplomatique et militaire de Londres, et secondairement de Paris. Même si les accords militaires ne changeront probablement pas, le Brexit signifie l’affaiblissement de l’OTAN en Europe, en tout cas, sa moindre capacité à organiser à engager des actions au Moyen-Orient et contre la Russie.

Tout cela s’est produit à cause de la démesure napoléonienne de la politique de Washington, qui a maltraité son meilleur allié en Europe et se l’est durablement aliéné. Le Brexit n’est pas seulement le commencement de la fin du libéralisme, c’est aussi le commencement de la fin d’un monde dominé par l’Empire américain. Paradoxalement, c’est peut-être le salut de l’influence anglo-saxonne dans le monde. 

 

 

 

Troisièmement, sous les vagues d’une campagne électorale assez pitoyable, et au-delà des débats faibles sur l’immigration, qui ont occupé le devant de la scène, le Brexit pourrait marquer la sortie de la place financière londonienne hors de la sphère d’influence américaine. Cela signifierait le retour de l’Angleterre au premier rang des puissances mondiales.

Il s’agit là d’une conjecture, et en aucun cas d’une certitude. Pour bien comprendre, il faudrait savoir quel fut le degré de collusion entre Wall-Street et Francfort dans les récentes tentatives de prise d’autorité de la BCE sur la City. Ni le sentiment du riche londonien ni les prises de position des grandes banques américaines, françaises ou allemandes ne nous disent quelle fut sur le Brexit l’appréciation profonde et discrète des Britanniques les plus influents de la City. Londres acceptait la relation privilégiée avec Washington, tant qu’elle favorisait son industrie majeure. Il est possible que le trop fort rapprochement entre Washington et Berlin ait poussé Londres à un acte d’auto-défense au moins aussi prévisible que ne l’était par ailleurs la réaction populaire au libéralisme sauvage. Ainsi, dans un monde où les régimes non démocratiques inquiètent leurs citoyens fortunés, mais aussi où Washington se permet d’infliger des sanctions financières (Russie) ou d’immenses amendes aux entreprises (Volkswagen) et banques (BNPP) des pays qui hésitent à suivre ses consignes, Londres est en train de devenir l’endroit du monde le plus sûr pour y déposer son argent. Le Brexit pourrait ainsi marquer un choix de la City voulant devenir la place de marché pour les monnaies des pays en froid avec les Etats-Unis, à commencer par la Chine, dont le Yuan aspire à devenir la future monnaie mondiale. Un tel positionnement hostile au Dollar, est impossible pour un satellite des Etats-Unis. D’où le Brexit, vu du point de vue de l’élite britannique – les débats sur l’immigration servant à mettre la rupture sur le compte des « populistes ».

 

 

 

Quatrièmement, les relations intra-européennes font en un sens retour à la situation d’avant le Traité de Rome. Le Brexit est en effet aussi un acte anglais d’indépendance hostile par rapport à Berlin. La Grande-Bretagne reprend à son compte dans un puissant acte symbolique les fortes paroles prononcées jadis à l’intention de l’Empire allemand par Clemenceau à l’Assemblée Nationale : « Nous ne consentons pas à l’acte d’abdication souscrit pour nous par nos voisins. Nous sommes une grande nation et nous entendons le rester. » Washington avait peu à peu substitué à Londres Berlin via Bruxelles, dans le rôle d’allié privilégié, chargé de contrôler l’Europe en son nom et à son service. Les Anglais ne l’ont pas admis. Le Brexit laisse donc l’Allemagne seule au contrôle de l’Europe, avec une France totalement passive sous un président impuissant. Il est probable que dans les mois qui viennent, l’avenir de l’UE va s’identifier avec l’intérêt de l’Allemagne, notamment en raison de l’effacement de la France. C’est un grave facteur de trouble pour l’Europe qui verrait alors se reconstituer l’impérialisme allemand, sous une forme paradoxale il est vrai.

Il est vrai que, dans la perspective d’un Brexit effectif, les destinées de l’Allemagne sont plutôt sombres. Le retour envisageable des Etats-Unis à l’isolationnisme la laisserait isolée en Europe et dans le monde. L’indépendance européenne par rapport à Washington et la décomposition de Bruxelles ne lui laisseront plus en propre que son identité nationale difficile à gérer et des créances envers des pays insolvables. 

 

 

 

 

Cinquièmement, l’application loyale et fair-play de la décision de Brexit par la Grande-Bretagne ferait prendre conscience en France, rétrospectivement, de l’illégalité du Traité de Lisbonne. Celui-ci consacra en 2009 la violation claire de la volonté du peuple français, pourtant exprimée lors du référendum de 2005. Indépendamment de l’attachement que l’on peut avoir pour le projet européen, cette violation est une faute, et elle est potentiellement mortelle pour la construction européenne en France. La prise de conscience progressive par les Français de cette violation pourrait mener à des débats très durs sur la nullité de l’acte parlementaire usurpant la souveraineté du peuple français. Il est difficile de voir comment l’on pourrait se sortir démocratiquement de cette impasse sans une nouvelle consultation référendaire en France. Son résultat probable sera le Frexit ou du moins le gel du projet européen en France. En effet, tout referendum sera pour la classe dirigeante un vote de confiance, vote qu’elle perdra. Et si la classe dirigeante ne propose aucun referendum, toute prochaine élection présidentielle risquera de devenir de fait un referendum sur le maintien ou non de la démocratie avec des conséquences incalculables. Notre pays vit dans l’état d’urgence en raison du terrorisme islamiste. Pourtant, les futurs débats sur le traité de Lisbonne sont porteurs de troubles beaucoup plus graves pour l’unité de notre pays que des attentats.

 

 

 

 

Sixièmement, le Frexit, sans résoudre aucun des problèmes intrinsèques à notre pays, aurait une conséquence diplomatique intéressante. L’Europe, comme le pensait à juste titre le Général de Gaulle, est une alliance entre égaux de la France et de l’Allemagne. Mais aujourd’hui, tant que la France ne fait pas le poids face à l’Allemagne de plus en plus impériale, et que le projet européen devient si impopulaire, l’alternative est une nouvelle Entente cordiale, alliance avec une Angleterre sortie de l’Union européenne. Les deux nations, riches de leurs traditions et relations hors d’Europe, reprendront des politiques concertées de rayonnement. Logiquement, elles complèteront leur Entente en donnant la main à la Russie et pourraient constituer le terminal européen de la route de la soie chinoise. L’Union européenne, c’est l’Europe qui sort de l’Histoire pour devenir sous contrôle américain une immense Suisse, mais sans identité, dans laquelle l’Allemagne joue le rôle traditionnel du canton de Berne. Mais ce n’est probablement là qu’une étape de la vie des nations.

 

 

 

 

Septièmement, les affres de l’Union européenne ne sont qu’un aspect de la fin du libéralisme qui meurt de son injustice. Injustice sociale, dont les peuples ne veulent plus ; injustice politique, les peuples voulant un partage du pouvoir et un minimum de démocratie ; injustice spirituelle, l’argent imposant aux peuples de devenir des amnésiques sans identité, et aux individus de devenir des zombies nihilistes soumis à des puissances d’argent et de transgression. Le libéralisme est en train de devenir une aristocratie nihiliste, comme l’était le national-socialisme sous une forme bien plus criminelle et ouvertement violente. La grande question morale et spirituelle est de savoir ce qui peut succéder aux Lumières éteintes et aux vieilles idéologies. C’est dans cette perspective qu’il faut interpréter, notamment, la politique du pape François. L’Europe a pour mission historique de rompre avec ce chaos nihiliste, d’inventer la culture qui vient après, en cohérence avec son histoire, et de la traduire dans une politique d’ensemble exprimant un renouveau global de civilisation.

 

 

 

 

Huitièmement, et dans ce contexte, quel avenir pour l’Union européenne ? Il est sombre. Ce qui a été fait sans mandat clair des peuples ne tiendra pas devant la révolte des peuples qui s’annonce pour les prochaines années. Car c’est une utopie que de prétendre construire l’Europe contre sa tradition de liberté. Et la liberté des peuples n’est pas simplement la liberté d’élites qui déclarent froidement incarner par définition la démocratie, au besoin contre le peuple. Or c’est là clairement ce qui est en train d’advenir. L’Europe politique, c’est la construction d’un super-Etat européen, qui annule progressivement les souverainetés nationales, avec une bureaucratie, un parlement, des cours de justice, un pouvoir réglementaire allant bien au-delà de la nécessaire réglementation de la monnaie commune. La révolte des peuples contre cette Europe politique doit devenir un des scénarii majeurs de tout parti politique.

On doit envisager maintenant un possible désastre de la construction européenne. « Extrémisme » n’est pas pour nous un slogan, mais un concept. Nous concevons en effet sans difficulté des réactions à l’universalisme abstrait de l’Europe amnésique et sans identité, sous forme de particularismes arbitraires et fermés, chacun n’agissant que pour soi, et procédant à une réactivation, d’une manière nouvelle, des logiques d’avant 1914.

Les partis et les responsables politiques qui ont souci du bien commun doivent à tout prix sortir de deux dénis symétriques : le déni conservateur de l’UE, aussi bien que le déni des risques de l’extrémisme révolutionnaire. Il faut absolument entrer dans une logique réaliste. Les anciens partisans de l’Union politique doivent prendre acte de sa dissolution de fait, car dès qu’on sort des beaux quartiers, et des plateaux-télé, elle n’existe plus que contre la démocratie et toute la tradition européenne de liberté. Des catastrophes internationales redeviennent possibles, si seuls les partis extrémistes sont pour la démocratie, la souveraineté nationale et la consultation populaire, alors que les partis modérés seraient perçus comme voulant dissoudre les nations dans une construction bureaucratique, inefficace et injuste.

La campagne du Brexit est un signe terrible où les partisans du Remain n’ont pas réussi à répondre à cette question légitime : « à quoi sert l’Union Européenne à part détruire notre souveraineté nationale ? »

Ainsi, soit Bruxelles et Berlin, plus les suiveurs à Paris, Rome, etc. prennent la mesure de l’ampleur historique du soulèvement populaire, soit ils s’imaginent encore, comme Napoléon en 1813, pouvoir sauvegarder l’essentiel de l’existant.

Il faut souhaiter que les pouvoirs comprennent que l’Europe politique est perdue, et qu’ils sauront la sacrifier au profit de l’Europe économique, idée initiale. L’Europe se recentrerait alors sur les domaines où l’Europe est pleinement légitime : (i) l’union douanière pour les échanges intra européens, dont la légitimité et les bénéfices ne font aucun doute, (ii) une politique d’investissement dans l’industrie et les infrastructures européennes, qui utiliserait le crédit de la BCE pour financer l’économie, (iii) la coopération des nations sur certains points clés pour bénéficier de la taille des marchés européens, dans des domaines comme la sécurité énergétique, la défense de son commerce et son droit à commercer avec qui elle veut. Car seuls les fous ne voient pas les avantages du jeu collectif en Europe, face aux grandes puissances.

Un tel recentrage serait bien entendu un changement considérable et, du point de vue de l’idéal européen, un retour en arrière. Mais cela permettrait à des dirigeants modérés de préempter un mouvement probablement inévitable, ainsi que de démontrer aux peuples qu’ils ont compris les raisons du rejet de l’Europe et qu’ils recentrent le projet européen sur le service des peuples et le développement économique. Cette prise en main responsable est probablement impossible avec des chevaux de retour symbolisant qui la technocratie, qui l’impuissance, ou qui le viol de la démocratie.

Sans un tel repli stratégique, c’est toute l’idée de construction européenne qui est condamnée, sauf fuite en avant (heureusement improbable) dans le despotisme dur. Et ceux qui bénéficieront du déni seront des extrémistes.

 

 

 

 

Neuvièmement, on demandera en effet : dans ce moment de fin du libéralisme, est-ce que les partis extrémistes ne vont pas profiter de la situation ? C’est probable, mais les vieilles idéologies ne pourront pas revenir telles qu’elles étaient. A terme, ni les politiciens technocrates et libéraux en faillite, ni les amateurs qui font la politique d’opposition ne peuvent gérer comme il faut, garder la confiance populaire, et renouer avec la prospérité. C’est donc sans doute une classe dirigeante tout à fait nouvelle, non libérale (mais capitaliste et néanmoins juste) qui va émerger. Associer nécessairement et logiquement trois termes aussi contradictoires entre eux dans la culture encore dominante, permet de prendre la mesure du renouveau culturel requis et en cours d'apparition au sein de l’humanisme européen.

 

 

 

 

Dixièmement, on demandera enfin : mais que reste-t-il de l’Europe dans ces conditions ? Je réponds : il en reste ce qu’il est resté de la Russie après la fin de l’Union soviétique, c’est-à-dire tout l’essentiel : les peuples, la culture substantielle, l’industrie et le génie inventif. Il reste aussi une expérience historique dramatique, qui peut se traduire comme suit en termes de dialectique hégélienne :

Thèse : opposition des nationalismes impériaux, histoire à base de lutte pour l’empire et pour résultat deux guerres civiles européennes (14-18, 39-45).

Antithèse : folle tentative de destruction des nations et sortie de l’histoire par soumission à un impérialisme global, pour éviter le retour  des  nationalismes impériaux.

Synthèse : destruction de la destruction, abandon de la perspective de soumission à l’empire, COOPERATION SYSTEMATIQUE ET PRAGMATIQUE ENTRE NATIONALITES RENOVEES NON-IMPERIALISTES et, en conséquence, rentrée dans l’histoire. 

 

   

Après le Brexit. Le commencement de la fin du libéralisme

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Mise à jour le Vendredi, 24 Juin 2016 07:09 Écrit par Henri Hude

 

 

Plusieurs personnes m’ont demandé de préciser ma pensée sur le libéralisme et aussi sur l’interprétation de l’action du pape François, qui s'explique, à mon sens, par l'anticipation de la fin du libéralisme. Voici donc un premier article.

Il n’est pas douteux que le Brexit marque le commencement de la fin du libéralisme.

 

 

Je prends « libéralisme » en un sens descriptif : ce qu’il est de fait aujourd’hui [2016] : ni l’économie libre ou le capitalisme, ni l’amour de la noble liberté, ni de grands auteurs du XIXème siècle, ni l’opposition au communisme ; mais, une idéologie dégradée dans laquelle liberté signifie indépendance individuelle séparée du vrai et du bien ; d’où : monopole culturel du nihilisme et de l’amnésie, économie d’appropriation, abaissement de la démocratie par la technocratie et / ou l’aristocratie d’argent[i].  

Ma clé de lecture pour comprendre la pensée du pape François est une interprétation du devenir historique. Il faut anticiper la chute du libéralisme et un retour des peuples vers l’Eglise, dans la mesure où elle incarnera de plus en plus l’avenir de l’humanisme. C’est le complément de ce qui s’est produit sous Jean-Paul II, avec la chute du communisme. Après cela commence une autre époque, celle qui suit l’ère des Lumières. Je ne dis pas que c’est l’opinion du pape ; je dis que si on pose cette hypothèse, son action paraît très cohérente.

Certains jugent trop optimiste cette interprétation de l’histoire. Le système libéral est plus stable, nous dit-on, que ne l’était le communisme et surtout les gens ne se convertiront pas si volontiers. Examinons ces deux questions.

 

 

 

Pourquoi le libéralisme est désormais aussi instable que l’était le communisme à la fin de sa vie

 

1° Selon la philosophie politique classique, seuls sont stables les régimes mixtes, mélanges équitables d’oligarchie et de démocratie, or le régime libéral est de plus en plus une pure oligarchie.

 

2° Les régimes stables sont capables de décisions adaptées. Or, le libéralisme est l’inverse du communisme. Pour ce dernier, l’individu n’existe pas. Pour le libéralisme, il n’y a que lui. Aucun des deux ne connaît l’homme. Ces idéologies inadéquates font prendre des décisions inadaptées à l’humain, dont l’agrégation aboutit à des crises majeures, où ces régimes doivent périr.

 

3° Une opinion courante attribue au libéralisme une stabilité supérieure parce qu’il jouit d’un fort consentement de la part des peuples, s’enracine dans l’exploitation cynique des concupiscences et fournit l’illusion que le bonheur sera obtenu. Ces arguments étaient valables en Union Soviétique, y compris en ses dernières années, tant était forte la propagande, malgré le désenchantement croissant des peuples. Et cela n’a pas empêché la chute du communisme.

 

4° Le système libéral en Europe restera en place aussi longtemps qu’il aura la ressource suffisante pour acheter la paix sociale. Or, nous arrivons aux limites d’une course en avant où les Etats remplacent les emplois productifs perdus par de la dépense publique financée par la dette, elle-même refinancée par de la pure création monétaire. D’énormes bulles financières se forment, où est camouflée l’inflation. La confiance dans la monnaie se trouve peu à peu amoindrie. Le libéralisme est aujourd’hui aussi vulnérable que le communisme dans ses dernières années.

 

5° Aux Etats-Unis, cœur du système, la manipulation de la démocratie devient difficile. La Maison Blanche devient accessible, soit à un socialiste, soit à un populiste autoritaire, tous deux anti-oligarchiques, anti-impériaux et hostiles à l’économie néolibérale. L’establishment ne peut plus imposer facilement des candidats. Internet compense sa puissance médiatique. Des candidats sans appui dans l’oligarchie arrivent à se financer en additionnant des millions de petites contributions. La corruption de classes politiques pseudo-démocratiques devient évidente. Les peuples leur refusent la confiance, au point que les reports de voix deviennent massifs d’un candidat antisystème à un autre.

 

6° Le communisme était une oligarchie brutale, le libéralisme est une oligarchie rusée. Sans doute la stabilité du libéralisme est-elle due à sa capacité à récupérer les opposants. Mais en quoi celle-ci consiste-t-elle ?

 

(A) La plupart des critiques non libérales du libéralisme sont insuffisantes et font peur (néo-communiste, néo-jacobine, néo-fasciste, islamiste, etc.) ; et c’est ce qui limite encore l’adhésion des peuples à un avenir nouveau ; mais cette peur cessera du jour où se seront fait jour des critiques suffisamment réalistes et décentes.

 

(B) Toute critique libérale du libéralisme aboutit à la renforcer. On croit donc qu’il suffirait au libéralisme pour se maintenir de pousser tantôt la subversion, tantôt la réaction, ou tantôt l’illogisme. Cela était exact pour le libéralisme à son sommet, après la chute du mur de Berlin. Mais c’est désormais faux pour le  libéralisme au bord de la banqueroute, divisé contre lui-même, et forcé de recourir  à des expédients de plus en plus extrêmes pour prolonger son système. De plus, à mesure que grandissent les injustices, de très grands leaders finiront par émerger, à culture large et unitive, compétents, habiles et avec une nouvelle vision d’avenir. Le pape François est l’archétype des chefs qui verront la fin du libéralisme.  

 

 

 

Les peuples vont-ils se convertir ?

 

Sans doute, la conversion des peuples dépend d’abord de Dieu. Toutefois, Jésus dit comment s’opère celle du "fils prodigue" (Luc, 15, 11-32). Il dépense plus qu’il ne gagne et vit dans la licence. Cette immoralité ne peut durer indéfiniment et « quand il eut tout dépensé, il eut faim. » Il réfléchit. Il souffre du chômage, de la pauvreté et de sa propre indignité. Que cherche-t-il ? Du travail. Sur quoi compte-t-il ? Sur la miséricorde du Père. Quel est l’obstacle à son retour ? La mentalité du fils aîné. Celui-ci ne se soucie ni de la pauvreté, ni du chômage de son frère, qui n’a que ce qu’il mérite. Il s’accommode d’être seul dans la maison du père. Il souligne inlassablement les honteuses dépravations du cadet, reproche au père de tuer le veau gras (et de ne pas mettre la barre assez haut dans le domaine moral[ii]). Cela lui permet de ne pas se convertir, lui, le juste.    

   

Tradition, identité, antitraditionalisme

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Mise à jour le Mercredi, 15 Juin 2016 11:42 Écrit par Henri Hude

On parle beaucoup d'identité en ce moment.

Voici la quatrième section d’un livre de 1992 intitulé Éthique et politique ; il s’agit du chapitre consacré à la culture et à l’éducation. Le chapitre compte 11 sections, que je suis en train de publier ici. 

Ceux qui voudraient aller plus loin pourraient se reporter à Prolégomènes. Les choix humains.

 

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Le rejet du traditionalisme, si fréquent en Occident, peut prêter à confusion, car deux idées s’y mélangent.

 

 

1° L’antitraditionalisme superficiel.

 

 

Il y a d’abord la proclamation initiale de rejet a priori de toute tradition. Cette déclaration fracassante équivaut concrètement à la réception sans examen d’une tradition précise, celle qui pose notre esprit comme ce qui est radicalement inconditionné, comme l’Absolu.

 

L’antitraditionalisme superficiel et pseudo-critique est donc le mode concret de tradition du dogme rationaliste.

 

Il y a plus. C’est aussi dans le cadre de cette tradition fondamentale que s’inscrivent tous les traditionalismes particuliers, car ils n’existent comme traditionalismes qu’en elle. Voici pourquoi.

 

Si l’Esprit est tout, tout est divin, tout est crédible et vrai, et donc toute tradition est vraie. Mais aussi elle ne l’est que comme tradition mythique d’une vérité philosophique fondamentale dont la première vérité est l’inconditionnalité de l’esprit ; vérité dont la tradition se reçoit paradoxalement, en Occident, à travers un rejet des traditionalismes qui en dérivent.

 

C’est donc bien le rationalisme qui, premièrement, institue les traditionalismes comme tels, et qui, deuxièmement, ne peut être lui-même reçu que de manière traditionaliste, à travers un rite social irréfléchi du rejet d’une tradition dont on n’a aucune idée précise, et qui n’est pour nous qu’un mot, un slogan fonctionnant comme un fantasme à déclencher des réflexes.

 

 

 

 

2° L’antitraditionalisme radical

 

 

Le rejet du traditionalisme, s'il doit être plus radical, ne peut donc être que le rejet de ce qui fonde le traditionalisme, c’est-à-dire du rationalisme. Rationalisme, traditionalisme et antitraditionalisme sont des positions qui semblent opposées, mais qui font partie d’une même structure. On ne peut les rejeter qu’ensemble. C’est pourquoi le rejet radical du traditionalisme-rationalisme va aussi de pair avec un libre et raisonnable respect de toute tradition.

 

Il est vrai que ce rejet radical du traditionalisme, et qui, lui, est effectif, équivaut à la reconnaissance de la finitude radicale de l’esprit humain, à l’admission de la transcendance de l’Absolu créateur, et à l’aveu du pur nihil dont nous a faits celui qui est l’être.

 

La reconnaissance de cette finitude est incompatible avec la position de l’inconditionnalité de l’esprit, donc avec une prétention à commencer par un doute universel, donc enfin avec un traditionalisme qui en dérive. C’est en effet le panthéisme qui oblige à considérer a priori toute production de l’esprit humain comme un verbe divin ; et c’est à lui qu’équivaut, également, la prétention de commencer par un doute universel, car si cette méthode était la bonne, c’est que l’esprit humain serait au fond le Premier Principe.

 

Là encore, deux conceptions de la tradition et de son usage sont possibles. Il faut savoir qu’il y a là une option inévitable. Or, il est courant de confondre ces deux conceptions dans une seule pratique soi-disant antitraditionaliste porteuse de confusion. C’est pourquoi il convient d’insister sur ce point. C’est en effet ce genre de réflexe intellectuel, incrusté dans la mentalité, qui fait obstacle à la réflexion et à l’esprit contemplatif, qui forment le cœur de l’art de penser.

 

 

 

                 

 

               

 

 

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Le complexe anti-vérité

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Mise à jour le Jeudi, 09 Juin 2016 07:13 Écrit par Henri Hude

Voici la troisième section d'un livre de 1992 intitulé Éthique et politique ; il s'agit du chapitre consacré à la culture et à l'éducation. Le chapitre compte 11 sections, que je publierai ici. 

 

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Pour autant qu’une tradition se compose de jugements, elle vaut ce qu’ont de vrai ces jugements, et s’ils sont tous faux, elle ne vaut rien.

Mais sitôt qu’ils entendent parler de vrai et de faux, les zélotes du pseudoprogressisme déchirent leurs vêtements et poussent de grands cris, comme si c’était une audace extraordinaire ou un crime affreux que de parler de vérité.

En réalité, tout le monde admet la notion de vérité. Cela se démontre.

Ou bien nous sommes tous des hommes capables de dialoguer et de partager la connaissance de vérités universelles, ou bien cela n’est pas.

Si cela est, nous admettons l’idée de vérité.

Et si l’on dit que cela n’est pas, on affirme qu’il est vrai qu’il n’y a pas de vérités universelles ; mais qu’il n’y ait pas de vérité universelle, cela même est une vérité universelle, et cette seule thèse inclut une infinité de conséquences logiques, qui doivent aussi être vraies si le principe l’est. Ainsi donc, celui qui n’admet pas de vérités universelles en admet aussi, et en grand nombre.

Par suite, tout le monde admet l’idée de vérité.

La seule différence est que, dans le second cas, les vérités universelles sont moins conçues comme des découvertes de notre esprit, que comme des créations de celui-ci.

La seule question est donc de savoir auquel des deux types de vérités universelles il est raisonnable d’adhérer. La question est de savoir si notre esprit se modèle sur la vérité des êtres, ou s’il engendre cette vérité, c’est-à-dire s’il est, radicalement, un esprit fini, ou l’Esprit absolu. Cette dernière position est celle du panthéisme anthropologique.

Il n’y a donc pas lieu de se laisser intimider par ceux qui poussent de hauts cris aussitôt qu’on parle de vérité, car ils ne sont pas en réalité sceptiques ; ils ne sont que pseudo-sceptiques. Ils sont aussi dogmatiques que les autres (et même beaucoup plus puisque leur Esprit est censé être divin). La seule différence est qu’ils n’ont pas conscience de l’être. Mais ils arrivent à se faire croire, à culpabiliser les autres, et ils les forcent à se réprimer.

Je l’ai déjà dit, mais c’est un point d’une telle importance qu’il faut sans cesse y revenir, car le préjugé semble presque indéracinable. Redisons-le donc. Le pseudoscepticisme des pseudoprogressistes n’est au fond rien de plus qu’une première initiation au panthéisme. Leur pseudo-tolérance n’est que la manière qu’ils ont de nous instiller leur dogmatisme à eux, sans nous permettre de l’examiner. Quant à leur liberté de penser, son premier effet est d’empêcher toute discussion sérieuse sur le fond des choses.

Je serais leur dupe si je me laissais complexer. Quand donc ils cesseront de faire usage de la notion de vérité, je verrai s’il y a lieu de me laisser culpabiliser et de cesser d’en user moi aussi.

Ainsi donc, la première base de toute humanité, c’est un sens de la vérité, qui ne va pas sans une grande liberté dans l’emploi de ce mot et de cette notion fondamentaux. C’est l’exigence intellectuelle, le désir d’un très haut idéal de vérité, qui fait seul le fond de l’esprit critique.

Tout cela est relativement simple. Je passe et j’en viens à la confusion qui trop souvent empêche d’y voir clair en matière de tradition.

A SUIVRE

   

La tradition des humanités

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Mise à jour le Jeudi, 09 Juin 2016 07:14 Écrit par Henri Hude

 

Voici la seconde  section d'un livre de 1992 intitulé Éthique et politique; il s'agit du chapitre consacré à la culture et à l'éducation. Le chapitre compte 11 sections, que je publierai ici. 

 

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La culture est comme la vie : on la reçoit, on la transmet et elle grandit dans cette transmission même. Le terme de transmission correspond à ce qui se dit en latin traditio, de tradere, donner, livrer, transmettre – et aussi trahir. Traditio a donné le français tradition. La tradition est donc inséparablement l’objet ou l’intention transmis et l’acte de les transmettre. La tradition n’est pas extérieure à la culture, car comme le don est au cœur de l’amour où se rassemble la vraie culture, la culture du don est aussi au centre de la culture. La transmission de la culture ainsi comprise, c’est la tradition. Sans tradition, il n’y a pas de culture.

 

Rien n’importe plus que de bien fixer ses pensées sur la grande affaire de la tradition. C’est par là que je voudrais commencer, car l’attitude de l’esprit à l’égard de la tradition peut être faussé par un complexe et par une confusion :

              le complexe anti-vérité (section 3) ;

              la confusion des deux formes d’anti-traditionalisme (section 4).

 

Ethique et politique, pp.184.

 

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Qu'est-ce que la culture? Extrait d'Ethique et politique

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Mise à jour le Mercredi, 08 Juin 2016 05:23 Écrit par Henri Hude

 

Je vais republier durant deux semaines des extraits d'un livre de 1992 intitulé Ethique et politique, et dont les pages 183-205 sont consacrées à la culture et à l'éducation.

Un jour, nous reconstruirons l'éducation en France, comme en Syrie seront relevés les temples de Palmyre, et en Afghanistan les statues des trois grands Bouddhas de Bâmiyân. 

Le nihilisme ne l'emportera pas. L'humanisme a un avenir. 

 

 

                                                         Afficher l'image d'origine

 

 

Qu’est-ce que la culture ? Ou encore, pour concrétiser et préciser, qui cultive quoi ? Celui qui cultive, c’est l’homme. Celui qui est cultivé, c’est encore l’homme. La culture, c’est l’homme qui cultive l’homme.

Cultiver, c’est : s’occuper de, faire croître. Comme l’agriculteur soigne les plantes et leur fait rendre cent pour un, ainsi la culture est ce travail de l’homme sur lui-même, ce travail d’éducation de l’homme par l’homme, grâce auquel la nature humaine croît.

La culture est donc la croissance et l’éducation de ce qu’il y a d’humain en l’homme. Ainsi se trouve amassé un immense trésor d’humanité. L’essentiel de la culture est gardé sur pied : ce sont les hommes, en tant que leur humanité a été déployée, en tant qu’ils montrent quelque chose de la plénitude possible de l’humanité. Les œuvres (ouvrages de science, de poésie, de philosophie, bâtiments, sculptures et peintures, etc.) ne sont pas la culture vive, elles n’en sont que la projection et le support.

La culture au sens complet, c’est à la fois la vie intérieure et les œuvres de l’esprit. C’est la vie intérieure de toutes ces consciences, de toutes ces mémoires d’hommes, et qui s’enrichit, qui s’approfondit grâce aux œuvres de la culture. C’est là un principe des plus importants. Que serait un tableau de Rubens, s’il n’y avait plus d’homme pour le contempler ? Ou si, parmi tous ceux qui le contemplent, plus personne ne pouvait y trouver de quoi nourrir sa vie intérieure et son propre bonheur de vivre ? Donc, la culture n’est pas d’abord dans les bibliothèques et les musées, la culture est d’abord en l’homme, elle est l’homme en tant que son humanité est en acte et en perfection.

Un homme cultivé : pouvons-nous retrouver la plénitude de sens que renferme cette simple expression ? Culture des sciences et de la sagesse par un esprit ami du vrai, culture de la conscience, vraie liberté, désir d’être pleinement un être personnel, substantiel, cause responsable de ses actes et de ses œuvres. Et pour cela, progrès dans la raison qui donne l’autonomie personnelle, progrès dans la vue de la vérité, sans laquelle la raison n’est plus qu’un mot, progrès dans la contemplation de l’intelligibilité profonde des êtres, sans laquelle il n’y aurait ni ordre ni vérité, marche vers le Principe de toute intelligibilité. Culture du cœur, où s’épanouit toute vraie vie de l’esprit, et toute vue de vérité dans une floraison de sentiments profonds. Culture de l’amour universel, qui rassemble tout sentiment et toute vue dans l’unité d’une vie vraiment digne d’être vécue. Culture de la nature autour de nous, qui ennoblit l’usage des technique par un intérêt pour la vérité désintéressée et qui ennoblit le travail en le faisant normer par la justice, purifier par la beauté, englober, intégrer et surélever par la vie spirituelle. Ce désir de cultiver ainsi l’homme, je l’appelle humanisme. Et les œuvres où l’humanisme prend corps, celles qui l’expriment et lui servent à respirer, je les appelle humanités.


Ethique et politique, Editions universitaires, 1992, pp.183-184.

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Est-il bon ? Est-il méchant ? Le libéralisme.

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Mise à jour le Mercredi, 01 Juin 2016 13:20 Écrit par Henri Hude

Ce bref article a pour objet de clarifier l’usage du mot ‘libéralisme’. Certains n'aiment pas que l'on prenne ce mot dans un sens systématiquement péjoratif, alors qu’il peut aussi, disent-ils, avoir un sens neutre et désignatif, voire un sens positif. On suggère donc d’user de qualificatifs. Par exemple, il faudrait parler dans un cas de ‘libéralisme dévoyé’ et dans l’autre de ‘libéralisme humaniste’.

 


Peut-on fixer le sens des mots ?

 

Le sens des mots est, dans une certaine mesure, fixé par chacun de ceux qui les emploient. Si une personne a décidé d’employer le terme ‘libéralisme’ pour désigner son opposition à l’économie soviétique, ou son amour de la noble liberté humaine, personne ne peut l’en empêcher, mais il risque de créer des confusions, notamment chez ceux qui n’ont pas vécu la guerre froide. Car le sens des mots est surtout fixé par un certain usage, qu’on peut regretter, mais dont il faut tenir compte. Si donc on a une idée à exprimer qu'un mot usuel n'évoque pas du tout, il faut trouver un autre mot. 

 

 

Parce que les mots ont une histoire...

 

Bien sûr, le sens des mots varie ainsi à travers le temps. Voici peu d’années, j’ai écrit un bref article sur le sens étymologique et classique du mot ‘libéral’, sur la vertu de ‘libéralité’, les ‘arts libéraux’ et la ‘culture libérale’, etc. Ce papier m’a valu quelques reproches de la part d’antilibéraux, bien qu’il ne parle pratiquement pas du libéralisme, sauf pour dire que ce dernier terme n’avait à peu près plus rien à voir avec l’étymologie du mot ‘libéral’. 
http://www.henrihude.fr/component/content/article/181-lettre-du-monde-des-valeurs-nd4-etre-liberal

Dans l’usage courant, le mot ‘libéralisme’ a d’abord désigné, à partir du XIXème siècle une vision et un projet enracinés dans la recherche d’une autonomie radicale de l’Homme par rapport à Dieu et à la Nature. Il désigne particulièrement la forme que prend l’économie politique, et toute la société et sa culture, animées par une volonté d’autonomie individuelle radicale. Il ne désigne plus guère l’opposition au communisme, qui n’existe plus. Et il ne désigne plus du tout (si ce fut jamais le cas) la simple existence des marchés, des contrats, de la propriété privée, de l’initiative individuelle, etc. – tout ce qu'on appelle le capitalisme.

Enfin, dans les temps déjà éloignés de la grande modernité, l’individu libéral se rattachait à la Raison entendue chez Hegel comme l’Absolu des Lumières, ou à la Raison transcendantale au sens kantien du mot. Cette référence philosophique substantielle et sérieuse a pratiquement disparu du paysage culturel. Aujourd’hui, dans ces temps postmodernes, l’individu libéral est plutôt un nihiliste sans aucune norme solide, qu’il s’agisse de Dieu, de la Nature, ou de la Raison. Incapable de distinguer la liberté de son abus, il tendrait même à définir la liberté par la transgression de tout ce où l'on pourrait concevoir comme normes.

 

 

 

Parfois les mots vont en Enfer

 

Le bon sens populaire s’en rend bien compte et c’est pourquoi (même s'il a ses propres défauts) il ne voit plus dans le ‘libéralisme’ en économie que la rhétorique d’une classe de privilégiés qui viseraient non pas le développement économique, mais l’appropriation des richesses et du pouvoir politique par une minorité de privilégiés. Sous prétexte de ‘liberté’, leur action aurait pour conséquence la destruction des classes moyennes, fondement sociologique des démocraties, et l’apparition de formes modernes du servage, dans une économie ou le travail acharné du plus grand nombre garantit à peine la survie.

Il y a des mots que l’usage a définitivement (?) damnés, c’est ainsi, et libéralisme est du nombre. Ne pas en prendre acte me semble source de malentendu. Les expressions de bon libéralisme, ou de libéralisme humaniste me semblent des oxymores, comme si l’on parlait d’esclavagisme généreux ou de prostitution heureuse. Sur le fait que le libéralisme tel qu’on l’entend n’est qu’une idéologie (l’inverse du communisme) et que l’économie libre ou le capitalisme n'ont strictement rien à voir avec le libéralisme, j’ai écrit un autre texte auquel je me permets de renvoyer.
http://www.henrihude.fr/approfondir/theme1/339-sengager-en-politique-2


Je suis bien sûr preneur de tout commentaire ou question sur le sujet.

   

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